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Todo está en silencio, todo duerme, las calles se han quedado solitarias y relucen con un tono grisáceo después de la lluvia. Me pongo los auriculares y escucho un poco de música, con poco volumen no vaya a despertar a la noche y rompa la magia de este momento.
Abro la puerta de la terraza, huelo el aire, ¿a qué huele?, lleva consigo el olor de la tierra húmeda, huele a flores mojadas, a “la primavera de tarde” y a perfume de romero, a esencia de hierbas, a “dama de noche”.
Huele a desdichas de medianoche, a pesadillas de niño y a sueños de madrugada, a ilusiones de niña mimada, a chocolate con leche, a madera mojada, a amores incomprendidos. Huele a besos no dados, a sudor de los amantes, huele a sábanas de hilo, a deseos frustrados de un ayer y a esperanzas de un mañana.
Una gota de lluvia moja mi cara, otra se posa en mis labios, es el beso de buenas noches de una noche embrujada, un beso con sabor a miel, a canela y a manzanas asadas.

El lunes pasado mientras esperaba mi turno para que me atendiera el médico, fui testigo de un caso que me dejó el corazón encogido.
Llega un nuevo paciente a la sala de espera. El hombre de unos 65 años, alto, algo encorvado y con semblante triste, se quita la chaqueta dando una ojeada a su alrededor y se sienta en la silla situada a mi derecha. Está nervioso, inquieto pues no deja de mover su pierna. Pasados unos minutos, sacó una foto del bolsillo de su camisa, la foto de una mujer más o menos de su misma edad, quizás un poco más joven que él, y musitando algo pasaba la punta de su dedo sobre la foto contorneando el perfil de la cara de la que presumiblemente había sido su mujer. Le acariciaba y le hablaba en silencio, lo supe pues de reojo pude percibir el movimiento de sus labios. La conversación que estaba manteniendo con la foto, aún sin poder oír nada, me resultó descorazonadora. Por la expresión de su cara pude percibir y sentir toda su tristeza, todo su sufrimiento, todo su dolor y su desesperanza.
El corazón se me heló y dejé de mirarle por el rabillo del ojo, me sentí como una intrusa metiéndome en dolor ajeno. Y aunque él no era consciente de que le estaba mirando, sentí que no tenía derecho a seguir inmiscuyéndome en unos sentimientos que a duras penas podía ocultar.
Cuanto más miraba la foto y más le hablaba mayor era su desconsuelo. Al final, suspirando profundamente, se acercó más la foto y le lanzó un suave beso al aire, guardó la foto de nuevo en el bolsillo derecho de la camisa, y cerrando los ojos apretó la foto contra su pecho acariciándola suavemente.
Me costó mucho aguantarme las ganas de llorar y a punto estuve de hacerlo, los ojos se me aguaron y me quedé preguntándome, qué derecho tenía yo de sentir tanto dolor ajeno. Tenía la impresión de haberme convertido en una ladrona de sentires.

Eran las 2 de la mañana y allí estaba ella, de pié en la cocina, preparándose una infusión de una mezcla de hierbas naturales que le ayudarían a encontrar la armonía perdida con la almohada. Una bolsita llena de hierbas como el rooibo y el honeybush que ayudan a relajar los sentidos, la melisa que ayuda a serenarse, la canela y el cardamomo que proporcionan calor interior y la flor de loto símbolo de la armonía absoluta, mientras que el regaliz y las dulces hojas de zarzamora le otorgan una nota sumamente especial a la prometedora infusión. Leyó con sumo cuidado el modo de preparación y siguió las indicaciones al pié de la letra.
Subió con la taza humeante a su cuarto y la dejó reposar en la mesita de noche, cogió el libro que estaba leyendo y dando un largo y profundo suspiro, se sumergió en su lectura, miró el reloj, las 2:20 minutos, empezó a sorber la infusión poco a poco, estaba ardiendo, la dejó reposar un poco más y siguió con la lectura. 2:45 a.m., ya se había bebido la infusión, y se acostó con la esperanza de poder conciliar el sueño, pero no tuvo éxito, todo lo contrario, se estaba desvelando por momentos, volvió a coger el libro pero no fue capaz de leer dos líneas seguidas, lo cerró con rabia y lo lanzó contra la mesilla, y se abrazó a la almohada desesperadamente. 3: 50 a.m. Se levantó, fue al lavabo, y después de mucho pensarlo se puso delante del ordenador y empezó el recorrido por todos los blogs que habitualmente leía, pero sin publicar ningún comentario, no se sentía con ánimo de pensar, de razonar y mucho menos de ser coherente con lo que había leído, lo que quería era dormir, pero el sueño seguía sin venir y ella se sentía cada vez, más agotada. El reloj marcaba las 5:30 a.m. cerró el ordenador, se tumbó en el sofá cubriéndose con la manta y encendió la tele, no había nada digno que ver, algunas noticias repetidas, un documental que ya había visto, canales y más canales con charlatanes hablando, incitando a que les llames por teléfono, les cuentes las penas y te den por medio de cartas de tarot, bola de cristal o varitas mágicas las soluciones a todos tus problemas. Canales de tele tienda vendiendo objetos a precios de ganga. Siguió recorriendo canales, pero la oferta iba de mal a peor, la pantalla se llenó de cortos porno, mujeres de todas las edades, chicas jovencitas, mujeres maduras con tetas de silicona y hasta mujeres sesentonas mostrándose tal cual son, en todo el esplendor de su decaimiento físico ofreciendo un espectáculo bochornoso.
6:05 a.m., se fue de nuevo a la cama, cerró los ojos y por fin se quedó dormida, tratando de encontrar el sueño que el insomnio, hasta entonces, le había robado.