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El pueblo de mi niñez

 

Cuando era una niña, todos los días al salir de casa para ir al colegio, me fijaba mucho en como despertaba el pueblo. Me fijaba en la gente, en las mujeres, la mayoría vestidas de negro, no sé si será por eso que en cuanto al vestir, este color es mi preferido. Las mujeres de mi pueblo hacían siempre las mismas cosas y casi a la misma hora. Iban a buscar la leche, el pan, saludaban siempre a las mismas personas, cuchicheaban también siempre de las mismas, era curioso verlas como ladeaban la cabeza y musitar algo al oído de otra, algo que les hacia dibujar una sonrisa con los labios, yo les miraba tratando de imaginar lo que se estarían contando.

Siguiendo calle arriba, las tiendas abrían, subían las persianas, las ventanas abiertas de par en par para airear las habitaciones de la casa, algunas alfombras colgadas, otras recibiendo palos para espantar el polvo, algunos colchones a medio asomar tal vez para que se secara el orín infantil escapado en la madrugada, puertas abiertas y mujeres barriendo la entrada de sus casas, algunas tiesas como soldados, otras de forma encorvada, otras escondiendo sus vergüenzas, la gente habla y los niños parece que no, escuchan y callan y aprenden y luego imitan.

Mujeres camino a la plaza, con sus cestas colgadas del brazo, sus faldas amplias y su faltriquera a buen resguardo. Otras contando las perras gordas, otras gritando sus mercancías, su leche es la mejor del mercado, sus frutas y verduras, las mejores gallinas, el mejor pescado, comprado esa misma mañana en la cofradía del pueblo. Hojas de lechuga y col por el suelo, alguna fruta despachurrada, pisada y aplastada por la mula de alguna aldeana.

Jóvenes tratando de negociar sus mejores sonrisas y modos. Guapas y feas, gordas y flacas, altas o bajas, pero todas con el mismo objetivo, encontrar novio y casarse, que están ansiosas para vivir y llevar la misma rutina que sus madres.

Llegamos a la plaza de Santa María, pasamos frente a la iglesia, fuera está el párroco, Don Jesús, alto, joven y guapo, chicas alrededor tonteando, mojigateando, con caras de yo no fui pero con aires de ser capaces de todo. El ayuntamiento, el alcalde que entra o sale, señoras de alto standing saliendo de misa con sus mantillas negras, altivas ellas con sus miradas en alto y misal en mano.

Pasamos por el arco de San Juan, al fondo el Sagrado Corazón allá en lo alto, majestuoso, con las manos abiertas, no sé si dando la bendición o en forma de acogida al templo, el patio del colegio, algarabía, gritos y risas y también lloros, las monjas vigilándolo todo, la puerta, quien entra, quien sale, quien no llega a tiempo, con el rabillo del ojo vigila a la vecina que llega, a la otra que sale a deshora, mueve la cabeza, ojea disimulando el librillo que siempre tiene a mano. suena el timbre, hora de entrar a clase, nos apresuramos a formar fila, casi todas en silencio simulado, hablando en voz baja, riendo a escondidas, dando empujones, pegando codazos, !chincha yo te he dado más fuerte¡ ya verás cuando salgamos amenaza la estirada de la clase, la lista la predilecta, la consentida de las monjas.

A la salida del colegio el paisaje cambia, la gente se dedica a otros quehaceres, el olor que se aspira es diferente y también el que se transpira, los ojos visualizan los mismos paisajes pero con diferente prisma, los pescadores llegan cargados no solo de peces, llevan a sus espaldas el peso del día, llegan a casa cansados de luchar contra la mar, algunos de tan cansados ni dan las buenas noches, comen y callan y se van a la cama, allí refugiados bajo las sábanas, aguardan con los ojos cerrados a la esperanza de un nuevo día.

Bajo un manto de estrellas

 

Aceptó a regañadientes la condición impuesta por su abuela. Si quería ir a las fiestas del pueblo con sus amigas tendría que llevarse a su hermana pequeña y cuidar de ella. Menudo papelón –pensó Marita-, sería la única chica que tendría que llevar de la mano a su hermana de 8 años. Los chicos se reirían de ella y la dejarían de lado, así que empezó a idear  como librarse de la niña para que no la molestara en exceso y mucho menos importunara los planes que tenía el grupo de amigas de irse con los chicos a la playa después del baile. Se habían hecho tantas ilusiones con ese encuentro, era normal, todas ellas eran mozas entre 14 y 16  años, con ese reloj interno de la adolescencia que iba más aprisa que todos los demás,  pipiolas con la cabeza llena de sueños, bocas ansiosas de los primeros besos y cuerpos ávidos de las primeras caricias.

Cuando llegaron al parque, Marita echó una rápida ojeada alrededor buscando alguna amiguita de su hermana que estuviera con su madre para dejarla a su cuidado. Pero el parque estaba lleno de jovencitas como ella y chicas algo mayores con sus novios, también habían parejas recién casadas que aún vivían el sueño de la luna de miel que muchas de ellas no llegaron a tener. También vió a las clásicas solteronas del pueblo, mujeres que un día depositaron sus sueños en algún galán que se limitó a jugar con ellos y cuando se cansaron, se los devolvieron en forma de pesadillas para toda la vida.

Miró a su hermana casi con rabia. La dejó sentada en un banco con un montón de chucherías que le había comprado, también le dejo algo de dinero por si quería beber algún refresco y le ordenó que no se moviera de allí, que ella vendría dentro de un rato. La vio alejarse con sus amigas con dirección a la playa.

Pero Marita tardaba en llegar y ella tenía el estómago revuelto por la cantidad de golosinas que había ingerido, así que decidió ir en su busca. Llegó a la playa pero no vio a su hermana. Empezó a sentirse mal y con ganas de vomitar, por lo que decidió sentarse en una barca que había en la arena cerca de la orilla de la playa y descansar un poco a ver si se le pasaba el mareo. Se quedó embelesada mirando como brillaban las estrellas, todo el cielo estaba plagado de lucecitas pequeñas y brillantes, y para hacer más corta la espera, se enzarzó en un juego mental contando las más radiantes.

Y el tiempo pasó. De pronto oyó voces, muchas voces que gritaban su nombre, estaba desconcertada y no alcanzaba a comprender lo que pasaba. Abrió los ojos y percibió que ya amanecía. Se incorporó con pereza y vio a lo lejos a mucha gente con antorchas peinando la playa. La estaban buscando desde hacía horas.  Se había quedado dormida abrigada bajo un hermoso manto de estrellas.

Beatriz Salas con los sueños en danza

 

Seguramente recordaréis esta entrada que publiqué allá por el mes de octubre pasado. Beatriz Salas le puso voz y música y el relato ganó en todos los aspectos. He querido traeros hoy esa magnífica voz para que podais apreciar la excelencia de su intepretación, espero que os guste:

 




 

Compraron las mejores sedas, los colores más vistosos, confeccionaron vestidos con los que adornar sus cuerpos. Con los retazos que sobraron hicieron hermosas sombrillas y, con sus pies desnudos, se dispusieron a bailar la danza de los sueños perdidos en aquella plaza mojada de lluvia.
Sobre el suelo humedecido siguiendo el ritmo de una melodía vestida, danzaban los pies desnudos, contando los pasos, esparciendo el pavimento calado con migajas saltarinas, construyendo un nuevo mañana, rescatando ilusiones de un pasado anegado de quimeras dormidas.
A golpe de tambores, las bellas danzarinas fueron rumbeando alrededor de la fuente de la vida, llevando de la mano a los sueños, las emociones y hasta las ilusiones vencidas; bailando sin parar de cara a la luna, repleta de caracolas y aguas marinas.
Allí, muy arriba, las estrellas esplendorosas, culebrearon sugerentes acogiendo los delirios de los sueños en danza, y se dispusieron a recorrer la senda secreta salvando distancias, transformando en ritmo del alma, entre la luz estelar y la alegría sin máscara.