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Trébol de 4 hojas

El año pasado lo termine aquejada de un fuerte resfriado y el año nuevo lo empecé más resfriada aún y sufriendo las consecuencias de un antibiótico que, aunque recetado por el médico (no acostumbro a automedicarme)  me sentó fatal, me fastidió el estómago y, total….., para no hacerlo largo, que estoy hecha unos zorros.

Por eso, mi amiga Karem me ha traido directamente de Alemania, estas dos macetas llena de tréboles de cuatro hojas, con muñequito incluido, me dice que las compró especialmente para mi, para que no me falte la suerte, para que me ponga buena enseguida, para que llueva sobre mi casa la alegría, el bienestar, la paz y la tranquilidad, me dice que plante las macetas en un rincón del jardín, que las cuide mucho para que crezcan más tréboles de cuatro hojas y siga esparciendose la suerte por todo el jardín.

Es la primera vez en mi vida que veo tréboles de cuatro hojas. Siempre habia oído que traen buena suerte, tal vez por su rareza ya que según leo, el trébol de cuatro hojas es una variación infrecuente del trébol de tres foliolos comúnmente hallado en el campo. Según la tradición, tales foliolos traen buena suerte a sus buscadores, especialmente si es encontrado accidentalmente. Yo no salí a buscarlos, por lo tanto, tampoco los encontré accidentalmente, como os acabo de decir, a mi me los han regalado, asi que espero que esta circunstancia no impida que la suerte se quede conmigo.

También he leido en internet que en las grandes culturas como las Celtas, Vedas, Mayas y Egipcios se utilizaba el trébol de cuatro hojas para ceremonias y rituales ya que para ello simbolizaba el equilibrio y la armonía en la naturaleza.
Cada hoja representa cada uno de los 4 puntos cardinales, las cuatro estaciones (primavera, verano, otoño y invierno), los cuatro elementos (fuego, aire, agua y tierra) y los cuatro ciclos de vida (nacer, crecer, reproducirse y morir).

Nací en el norte, mi elemento es aire, y de los cuatro ciclos de mi vida he cumplido con 3. Me queda el último, ese que a todos nos llega y que todos deseamos que llegue más tarde que temprano, claro está que en ese aspecto, la última palabra la tiene el destino ya que como dicen en Venezuela, “nadie se muere la vispera”.

Mi intención era poner en cada trébol el nombre de todos mis amigos, de todos mis seguidores, para que la suerte tambien os acompañe a vosotros, pero todavía estoy un poco fastidiada y no he tenido fuerzas para ponerme a trabajar con el photoshop, asi que imaginaros vuestro nombre en esas preciosas hojas que van cargaditas de suerte, salud y cariños para todos.

 

 

Una idea fabulosa

No dejeis de ver este video del spot publicitario de una marca de agua francesa. Es genial, innovadora, brillante y de una gran creatividad.
Este spot demuestra que si encontramos algo que nos motive, somos capaces de hacer cualquier esfuerzo cueste lo que cueste y además, con una sonrisa.
Que lo disfruteis.


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Tiempo de esfuerzos

Fotografía finalista en el Concurso de Fotografía del Instituto de la Mujer 2011

La playa estaba solitaria a primera hora de la mañana  y era el momento propicio para empezar a contarle a su amiga algunas de las historias que tanto le interesaban, historias algunas cercanas, otras extrañas, algunas inventadas y otras una simple y pura mentira, y entre todas ellas, le revelaría su verdad, aquella verdad  que habia mantenido cautiva durante los ultimos 30 años, una verdad que le pesaba enormemente y que estaba relacionada directamente con su amiga. La verdad de un recuerdo cuyo secreto jamás compartió con nadie y que había llegado el momento de que la conociera. Lo que nunca hubiera podido imaginar era la respuesta que le daría su amiga, imaginatela.

 

Fotografía finalista en el Concurso de Fotografía del Instituto de la Mujer 2011

Se le había estropeado el  coche, pero la bicicleta  estaba en buenas condiciones. Sin pensarselo dos veces, Carmen, de 71 años de edad,  se puso en marcha en dirección al pueblo, 35 kilómetros entre ida y vuelta, pero no había más remedio, tenía que hacer la compra de toda la familia. A la mitad del camino empezó a sentir calambres en las piernas, era lógico, sus piernas no estaban acostumbradas al ejercicio del pedaleo, le empezaban a doler, pero la queja era un lujo que no podía permitirse si quería seguir adelante, y quería, asi que siguió pedaleando.